Hacía años que tenía aquella vivienda en mi mente, su estructura misteriosa, su antigüedad, su maltrato y su abandono. Es claro que los habitantes de allí ya ni existen seguro, aunque parece que dejaron ratas que suben y se roban toda comida que puedan llevar.
Ratas, supongo que son, aunque sus pasos sean más pesados que el de una pequeña criatura como ellas.
Ratas, pienso, porque no imagino a un ladrón corretear tan rápido y poco sonoro en mi sala para abrir únicamente la heladera y robarse el queso cremoso.
Ratas, intuyo, porque no entiendo que vienen de esa casa cada semana.
Pero ya que lo sé, solo digo que esa casa es… Especial.
Para la primera semana de aquel año, procuré poner cámaras en la casa y poder descubrir quién o qué se lleva mi comida.
También coloqué a escondidas una cámara en la pared que daba a la casa de al lado, de donde parecían venir los ladrones. Todo esto, siendo en vano cuando todo falló a causa de una falla de conexión y cortes de luz regulares.
Frustrado, pregunté a los vecinos si experimentaron los hurtos semejantes a los míos, que me molestaban mucho y hacían perder mucha plata.
“No, acá nadie me sacó nada. Y si vienen, vos sabes como los cago a palos.” Me dijo el de enfrente.
“No, no. Los únicos que casi me roban se pusieron a pelear entre ellos y se fueron cuando pasó un patrullero.” Dijo mi vecina de al lado.
“No, no me robaron exactamente como vos decis, pero si se que a los que estaban en esa misma casa, les robaban todo el tiempo la comida y algunas cosas más. Se fueron un poquito antes del 2000 luego de pelear, según dicen, con uno de los ladrones.” Contó el más viejo del barrio.
“Pero yo tendría cuidado, puede ser un duende, o el Pombero… Aunque este último es raro que esté en plena capìtal. No sé, fijate.”
También pregunté a otros pisos del edificio, pero ninguno compartía mi experiencia.
¿Será que a los ladrones les gusta mucho lo que guardo de mercadería para la panadería?
¿O acaso es algo personal, algún tipo que me manda para joderme o hundirme?
¿Alguna secta?
¿Dios?
Pasaron cinco días y uno más desde que arreglé las cámaras. La noche anterior hubieron fotos sobre movimiento en las cámaras y estaba ansioso por descubrir quiénes eran los culpables.
Pero solo encontré… Ojos. Ojos que cubrían todo el lente e imagen, ojos de pupilas curiosas, alargadas, horizontales, partidas en tres, en dos, triangulares, o incluso sin pupilas.
No sabía que estaba viendo.
Cada cámara tenía una segunda imagen, y eran, alguna de esas “cosas” corriendo a gran velocidad hacia mi patio.
No distinguía la forma por la calidad y sus intrincadas ropas, si es que eso eran.
Pero pude definir algo, pude notar que eran de baja estatura, como un niño de 10 u 8 años.
Mi negocio comenzaba a carecer de varios productos a causa de estos robos y mi plata se estaba desapareciendo por comprar todo el tiempo.
Cansado, enojado y harto, agarré un palo, mi teléfono y decidí resolver las cosas directamente. Se estaban escondiendo en el nido de ratas y cucarachas de esa casa podrida de hace siglos. No se va a quedar así la cosa.
Esperé a la noche, me quedé encerrado en mi pieza y, atento a los ruidos de afuera, esperé a que ellos llegaran.
Pasaron como tres horas después de las doce. Seguía despierto, mirando la tele con poco volumen y atento a los sonidos.
Casi quedándome dormido, escuche la reja del balcón abrirse lentamente con pisadas flojas y minúsculas. No hay forma que una rata pueda mover un armatoste, bajo su perspectiva, como lo es la reja que me separa del exterior.
Escuché sus piecitos, varios más que un par, dirigirse por el pasillo a la cocina, donde finalmente abrió la heladera.
Seguro, abrí con sumo cuidado la puerta empuñando el palo de escobillón, intentando no llamar la atención del intruso.
Hablaban en voz baja susurrando, voces femeninas y finas con gruñidos, chillidos bajos y otros sonidos raros. Ni siquiera podía comprender una sola palabra que sonaba de ellas.
Parado enfrente del pasillo, vi la silueta a contraluz de la heladera, cabezona, largas y delgadas patas y unos cuernos o cosas en su cabeza. Tardé unos segundos en notar que algo colgaba, siendo esta su cola que se movía de lado a lado mientras susurraba palabras imposibles a su compañera que hurgaba con rapidez mi heladera.
Me acerqué de a poco, logrando ver a su acompañante.
No entendía cómo algo como esas cosas existían.
Ambas gritaron y corrieron hacia el patio, pero las ventanas estaban cerradas. Logré ver la cara de una de las niñas, sin labios, dientes filosos, ojos grandes de pupilas horizontales. Nada normal más que su cuerpo, aunque la cola, espinas en su espalda y cuernos acompañaban la rareza.
La otra compañera ya era algo más allá de lo posible. Su cuerpo fino, como un esqueleto, se movía como lagartija escapando, sus costillas se cerraban como pinzas sujetando y guardando la comida que robó mientras ojos blancos me miraban con intensidad.
Recibí un latigazo de los finos tentáculos que emanaban de los hombros de la niña de esquelético cuerpo negro.
Teniéndolas encerradas en la sala. Grité para asustarla y le metí un palazo en el cráneo a una.
Ciertamente siento que me excedí.
No había comprendido eso en el momento y cuando escuché el zumbido antinatural de afuera.
Ellas salieron como misiles hacia la ventana más cercana y la atravesaron dolorosamente, cayendo directo al patio abandonado de la casa.
Sin pensarlo dos veces, las seguí como pude, bajando a las corridas las escaleras y llegando con furia a la puerta de aquella casa podrida.
Rompí de un palazo la cerradura y la abrí de una patada ignorando toda razón y dolor.
Ya adentro, el patio estaba tan abandonado como era de esperarse, pero corrí hacia adentro, donde una puerta de madera vieja se agitaba, pues los habitantes recién pasaron aterrados por ella.
Caminé con guardia alta, el olor a perfumes era extraño, azúcar, otros hedores que puedo asimilar como fármacos y el hecho de que la casa era más grande de lo que aparentaba daba un panorama más surrealista que antes.
Finalmente, vi al par de extrañas niñas delante de una puerta brillante, la reflejaba un jardín y una especie de mansión difusa. Me miraron por última vez, asustadas y se lanzaron allá.
Quedándome quieto, logré ver a través del cristal, vi como las “niñas” le daban la comida a un ser mas grande, un esqueleto con alas y ojos negros que vestia una galera y saco.
Entendí la situación cuando ese esqueleto y las niñas inhumanas repartieron comida a unas largas mesas llenas de otros pequeños monstruos.
Actualmente, cada día dejo una bandeja de comida y bebidas en la entrada, dentro del patio, de aquella casa.
Porque sé que ese lugar especial, lleno de seres especiales, necesita un poco de ayuda.

